Cada vez que una persona envía un mensaje, pide una cita médica desde el móvil, consulta su cuenta bancaria o recurre a un asistente de inteligencia artificial, está participando en una economía que funciona sobre datos, software y redes digitales. Lo mismo sucede cuando una empresa fabrica un coche mediante sensores y sistemas conectados, coordina una cadena logística o supervisa el consumo energético de una ciudad.
Las administraciones públicas, de igual forma, dependen de estas innovaciones para gestionar trámites, servicios y datos de millones de ciudadanos. Porque detrás de cada acción que se da en este mundo moderno hay una red tecnológica que teje un poderoso entramado económico que está concentrado en un puñado de actores. Por eso, en los últimos años, Europa ha empezado a prestar más atención a una cuestión que hasta hace poco apenas aparecía fuera de los círculos especializados: la soberanía digital.
El concepto —que puede entenderse como la capacidad de un territorio para ejercer control, de forma independiente, sobre la tecnología que usan sus ciudadanos, empresas e instituciones — entraña una pregunta: ¿Cuál es la capacidad actual de Europa para controlar y asegurar sus activos digitales (como datos, hardware, software y redes) sin depender de potencias extranjeras?
Los datos evidencian la respuesta. La Unión Europea calcula que alrededor del 80% de las tecnologías e infraestructuras digitales que sustentan su economía proceden del exterior. Esta dependencia se concentra principalmente en Estados Unidos y China, países que albergan a las grandes firmas que lideran ámbitos como la computación en la nube, los semiconductores, la inteligencia artificial, la ciberseguridad y las plataformas digitales.

De esta forma, la soberanía digital figura entre las principales prioridades de España y de la Unión Europea. Sobre todo, en un contexto internacional de alto voltaje. “La combinación de tensiones geopolíticas, rivalidad tecnológica y dependencia histórica de proveedores tecnológicos de fuera de la Unión Europea ha situado esta cuestión en el centro del debate”, afirma Enrique Solbes, Chief Digital Officer (CDO) de KPMG en España.
Hablar de soberanía digital es saber quién tiene el control de nuestros datos (qué empresa los almacena, para qué sirven, cómo se utilizan), cuáles son las carreteras digitales que recorren, bajo qué jurisdicción circulan y quiénes las gestionan. “El objetivo no es alcanzar una soberanía tecnológica absoluta, que resulta algo poco realista en una economía digital global e interconectada”, explica Enrique Solbes. “La cuestión no es eliminar todas las dependencias, sino identificarlas y gestionar estratégicamente los riesgos asociados, desarrollando alternativas donde corresponda”, añade.
Y esa reflexión, agrega el experto de KPMG, debe abarcar todas las capas del stack tecnológico, desde la energía y las infraestructuras hasta la nube, los datos, los modelos de IA y las aplicaciones que soportan los procesos de negocio.
La soberanía industrial y la soberanía digital forman parte de una misma ecuación. Así que desarrollar nuevas capacidades tecnológicas exige algo más que inversión: requiere conectar empresas, centros tecnológicos, universidades, administraciones públicas e inversores en torno a proyectos capaces de alcanzar escala.
Sin un ecosistema integrado, es difícil competir en sectores que determinarán el crecimiento y la influencia estratégica de las próximas décadas. Y es que la tecnología se ha convertido en uno de los principales instrumentos de poder geopolítico. Quien controla la producción de microprocesadores, la capacidad de computación, las infraestructuras en la nube, los modelos frontera en IA o las redes de comunicación dispone de una ventaja que trasciende el ámbito tecnológico.
“Tiene capacidad para influir en la competitividad de las empresas, el funcionamiento de los servicios públicos e incluso la seguridad de los Estados”, señala Enrique Solbes. La irrupción de la inteligencia artificial ha puesto esta realidad bajo una luz aún más intensa. Estos sistemas requieren enormes capacidades de computación, redes avanzadas de comunicaciones y acceso a grandes volúmenes de datos.
La combinación de estos elementos ha ampliado la ventaja de las potencias que ya dominaban las infraestructuras digitales y ha hecho más visible la distancia que separa a Europa de Estados Unidos y China. Aunque el continente conserva una sólida base científica y una producción investigadora relevante, el liderazgo empresarial y tecnológico se concentra principalmente al otro lado del Atlántico, donde convergen las grandes plataformas digitales, el capital riesgo y las capacidades de escalado.
Por ejemplo, alrededor del 73% de los modelos fundacionales de IA desarrollados desde 2017 proceden de compañías estadounidenses y un 15% en China, lo cual es una muestra de la dificultad europea para ganar escala en un mercado dominado por actores con recursos financieros y tecnológicos superiores, según un informe del Centre for European Reform (CER), un think tank británico.
La historia de Europa ha estado ligada a la innovación. La imprenta, la máquina de vapor, el submarino eléctrico, el avión, el sistema wifi o la propia World Wide Web nacieron en suelo europeo o fueron impulsados por inventores del continente.
Durante siglos, muchos de estos avances transformaron la economía, la sociedad y la forma en que los países se relacionaban entre sí. Esa tradición innovadora sigue presente en la calidad de la investigación europea, en su tejido industrial y en empresas líderes en sectores muy especializados. Sin embargo, Europa ha ido perdiendo peso en algunas de las tecnologías que están marcando el desarrollo de la economía digital.
Desde mediados de la década de 1990, la productividad europea ha crecido a un ritmo inferior al de Estados Unidos. Diversos estudios (entre ellos los de Draghi y Letta) relacionan esta divergencia con los distintos patrones de inversión a ambos lados del Atlántico.
Mientras Estados Unidos ha concentrado buena parte de sus inversiones en ámbitos como el software, la computación en la nube, la inteligencia artificial o la biotecnología, Europa ha mantenido un mayor peso en sectores como la automoción, la maquinaria industrial, la química o la ingeniería avanzada. Estas actividades siguen siendo competitivas y generan alto valor añadido, pero han contribuido menos al surgimiento de las grandes plataformas tecnológicas que dominan la economía digital.
A pesar de esta brecha, ninguna potencia dispone de una soberanía completa. La propia estructura del actual sistema hace difícil que exista una autonomía plena. Por ejemplo, Estados Unidos mantiene una posición dominante en ámbitos como el software, la nube o las plataformas digitales. Pero también depende de cadenas de suministro internacionales para componentes críticos.
China, por su parte, requiere de ciertas tecnologías y equipos avanzados desarrollados fuera de sus fronteras, mientras que Europa conserva una posición estratégica en segmentos especializados como la maquinaria para fabricar semiconductores. “Más que un escenario de independencia absoluta, la economía digital actual funciona a través de una red de dependencias cruzadas entre regiones”, indica Enrique Solbes.
Tres proveedores estadounidenses concentran la mayor parte de la infraestructura digital sobre la que operan empresas y administraciones europeas.
La dependencia no se limita a la infraestructura. También alcanza a las plataformas que utilizan millones de ciudadanos y empresas cada día.
Europa cuenta con un activo de enorme valor: un fabricante de las máquinas de litografía ultravioleta extrema con las que se producen semiconductores avanzados. Sin embargo, la capacidad industrial del continente sigue siendo reducida frente a Asia y Estados Unidos.
La carrera por la inteligencia artificial ha puesto de manifiesto diferencias en financiación, capacidad de computación y tamaño empresarial.
Aunque Europa cuenta con compañías relevantes en ámbitos como la identidad digital, el cifrado o la consultoría de seguridad, gran parte del mercado de las plataformas de ciberseguridad está dominado por empresas estadounidenses e israelíes.
El desarrollo de modelos avanzados de IA requiere inversiones masivas y grandes centros de datos. Ahí la distancia es todavía más visible.
Reducir todas estas dependencias exige inversión, infraestructuras y coordinación entre países, empresas y centros de investigación. El debate se extiende al coste económico para reducir esas dependencias. Desarrollar nuevas infraestructuras cloud, centros de datos, capacidades avanzadas de computación o modelos de IA requiere de inversiones de gran magnitud y plazos prolongados de maduración.
El desafío europeo consiste en identificar qué capacidades se consideran estratégicas y dónde resulta más eficiente reforzar su autonomía. Ello sin renunciar a las ventajas de una economía global interconectada.
Con esa premisa, la Comisión Europea ha lanzado su paquete de soberanía tecnológica, centrado en reforzar capacidades propias en semiconductores, inteligencia artificial, nube y software de código abierto.
Su objetivo es multiplicar la capacidad europea de centros de datos en los próximos años y crear un marco común que favorezca el despliegue de servicios en la nube e IA desarrollados en Europa.
La brecha tecnológica con Estados Unidos y China no se explica únicamente por una menor disponibilidad de capital. El entorno en el que operan las empresas también influye en las decisiones de inversión. “Existen diferencias entre países y la complejidad de coordinar inversiones dificultan la aparición de grandes iniciativas europeas capaces de competir con los gigantes estadounidenses y chinos”, comenta Enrique Solbes.
“Europa dispone de empresas innovadoras, talento, centros de investigación de referencia y un mercado de gran tamaño, pero sigue encontrando obstáculos para conectar estos activos en proyectos de alcance continental”, afirma el especialista de KPMG.
La soberanía digital europea dependerá de su capacidad para convertir esas fortalezas dispersas en empresas, infraestructuras y proyectos con escala suficiente para el control de su futuro digital.
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