El sector de la seguridad y defensa español atraviesa un momento de especial relevancia. Los cambios en el entorno geopolítico —marcado por la invasión rusa de Ucrania, las tensiones en Oriente Próximo y la crisis del multilateralismo— han llevado a Europa a reforzar su autonomía estratégica y a impulsar un notable incremento del gasto en defensa. Ante este nuevo escenario, las empresas vinculadas a la industria buscan ganar tamaño, capacidad tecnológica y competitividad para responder a una demanda que previsiblemente seguirá creciendo en los próximos años.
La magnitud del cambio es mayúscula. La Unión Europea (UE) y sus miembros se han comprometido a aumentar su gasto en defensa para hacer frente a las amenazas actuales y de futuro. De esta forma, el gasto en la región ha aumentado un 62,8% entre 2020 y 2025, hasta llegar a los 381.000 millones de euros al cierre del año pasado, con inversiones específicas en nuevos equipos y tecnología por 130.000 millones de euros, según la información de la Comisión Europea.
A ello se suma la puesta en marcha de diversas iniciativas como el Programa Europeo para la Industria de Defensa (EDIP), dotado con 1.500 millones de euros en subvenciones para fortalecer las capacidades industriales del continente. En España, bajo el compromiso de alcanzar el 2% del de su producto interior bruto (PIB) en este sector, el gasto militar ha aumentado durante el año pasado en un 50% hasta los 34.265 millones de euros, de acuerdo con la información del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés). Y se prevé que esta suma vaya in crescendo, gracias al lanzamiento de diversos Programas Especiales de Modernización (PEM), anunciados en los últimos años.
Nunca, en la historia reciente de España y Europa, el presupuesto dedicado a esta materia había alcanzado tal nivel ni crecido tan rápido. “Sin embargo, disponer de más recursos presupuestarios no garantiza por sí mismo el éxito. El verdadero desafío consiste en transformar esa inversión en capacidades industriales, tecnológicas y productivas duraderas”, asegura Jorge Sainz, socio responsable de Industria, Defensa y Automoción de KPMG en España.
Hoy, el debate ya no gira en torno a si habrá recursos suficientes para incrementar el gasto en defensa. La cuestión pasa a ser otra: cómo conseguir que ese esfuerzo llegue realmente al tejido empresarial y produzca riqueza. Para lograrlo es necesario superar diversos desafíos, en el que la consolidación de la industria se vislumbra como el más importante.
Mientras Estados Unidos y China han construido grandes campeones nacionales capaces de concentrar recursos, tecnología y capacidad productiva, Europa sigue operando a través de un entramado disperso de empresas, intereses nacionales y cadenas industriales repartidas por todo el continente. “La fragmentación queda reflejada en la propia configuración del sector”, destaca Jorge Sainz.
Los principales fabricantes de los 46 productos de defensa considerados más críticos están distribuidos en 23 Estados miembros, una realidad que evidencia la amplitud de las capacidades europeas, pero también la dificultad para generar economías de escala, coordinar inversiones y acelerar la producción, según un informe del Parlamento Europeo.
Europa cuenta con compañías de primer nivel. De las 100 empresas más importantes del mundo, 20 son europeas. La comparación con Estados Unidos resulta especialmente reveladora. Casi la mitad de las 100 mayores compañías de defensa del mundo (48 en total) tienen allí su sede. China, por su parte, contaba con cinco firmas entre las 100 principales, pero su actividad conjunta generó alrededor de 355.000 millones de dólares, tres veces más que la veintena de grandes grupos europeos juntos, de acuerdo con la información del Parlamento Europeo.
“Mientras Europa reparte sus capacidades industriales entre numerosos países, compañías y programas nacionales, China concentra una parte mucho mayor de sus recursos productivos y tecnológicos en un reducido número de grandes conglomerados. Esta diferencia de escala tiene consecuencias directas sobre la competitividad”, remarca Jorge Sainz.
Frente a los gigantes estadounidenses o a la creciente capacidad industrial china, el ecosistema europeo continúa marcado por una fuerte dispersión empresarial y nacional. “El resultado es una capacidad más limitada para concentrar inversiones, acelerar programas estratégicos y alcanzar los volúmenes de producción que exige el nuevo escenario de seguridad internacional”, abunda el socio responsable de Industria, Defensa y Automoción de KPMG en España.
La base industrial de defensa española está formada mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas: ocho de cada diez compañías del sector son pymes, según los últimos datos del Ministerio de Defensa. Pero su peso económico dista mucho de su presencia numérica, pues apenas generan el 7,9% de las ventas de defensa. Actualmente, son cinco los grandes consorcios en el país. Estas firmas concentran los principales programas, contratos y capacidades industriales. Y son una fuerza tractora del sector: compuesto por más de 700 empresas en el territorio nacional.
“España cuenta con empresas altamente competitivas en determinados nichos tecnológicos y con posiciones destacadas en ámbitos como el naval, el aeroespacial o determinados sistemas de defensa”, resalta Jorge Sainz. Sin embargo, buena parte del sector carece de la dimensión necesaria para competir en igualdad de condiciones internacionalmente.
Este mismo fenómeno ocurre a nivel europeo, donde hay grandes actores (en cada uno de los países comunitarios) orientados principalmente a abastecer sus propios mercados e impulsar su propia industria. Para corregir estas carencias, la revisión de la directiva europea sobre contratación pública en materia de defensa y seguridad, prevista para 2026, incorporará la recomendación de la Brújula de Competitividad de introducir una preferencia europea en las compras del sector.
La defensa en la Unión Europea sigue dependiendo de las decisiones de gasto de 27 gobiernos nacionales. Esta realidad favorece la duplicación de capacidades, dificulta la coordinación y reduce la eficiencia de las inversiones realizadas, el Libro Blanco sobre la “Preparación en materia de defensa europea 2030”, de la Comisión Europea.
Una de las consecuencias más visibles es la enorme diversidad de sistemas de armamento que operan los países europeos, muy superior a la de Estados Unidos en plataformas clave. Esta dispersión complica la interoperabilidad entre fuerzas armadas y encarece tareas tan esenciales como las operaciones conjuntas, la logística, el mantenimiento o la formación de personal, resalta la Comisión.
La fragmentación militar europea también encarece la defensa. La existencia de múltiples modelos de armamento dificulta alcanzar economías de escala, reduce el poder de negociación y eleva los costes, según el documento del organismo comunitario. Esta dispersión se aprecia en capacidades terrestres y navales, donde conviven numerosas plataformas distintas entre los Estados miembros.
“A ello se suma la carencia de medios estratégicos de transporte aéreo, un ámbito en el que Europa sigue manteniendo una brecha significativa respecto a Estados Unidos”, subraya Jorge Sainz. Las razones que explican esta fragmentación son diversas. La coexistencia de sistemas heredados de la era soviética, los calendarios de planificación militar poco alineados entre países y determinadas limitaciones industriales han contribuido a consolidar un panorama disperso, según un documento de la Agencia Europea de Defensa (AED).
Ante la necesidad de ganar escala, la Comisión Europea ha planteado cinco proyectos industriales de defensa para impulsar el desarrollo conjunto de capacidades estratégicas en ámbitos como drones, defensa marítima, espacio y defensa aérea. La iniciativa pretende facilitar la cooperación entre los Estados miembros en programas cuya dimensión y complejidad exceden las posibilidades de actuación individual.
La financiación también está cambiando. La percepción de la defensa entre inversores y entidades financieras ha mejorado de forma notable. Durante años, el sector encontró dificultades para atraer capital privado por motivos reputacionales o vinculados a determinados criterios de inversión. Esa situación está evolucionando y cada vez más actores consideran la defensa una actividad estratégica con perspectivas de crecimiento sostenidas.
En este escenario, el papel del private equity gana protagonismo. Los fondos muestran un interés creciente por compañías con capacidades tecnológicas diferenciales y potencial de crecimiento, contribuyendo a financiar procesos de expansión, innovación, internacionalización y consolidación empresarial.
Entre los desafíos estructurales destaca asimismo la escasez de talento especializado. La competencia por ingenieros, desarrolladores de software, expertos en inteligencia artificial, especialistas en ciberseguridad y otros perfiles STEM es cada vez más intensa. “La preocupación no se limita a las necesidades actuales, sino que alcanza a la capacidad para formar el talento que requerirá la industria durante la próxima década”, afirma el experto de KPMG.
La defensa del futuro dependerá tanto de la capacidad para fabricar plataformas como de controlar tecnologías críticas y contar con el talento vinculado a la inteligencia artificial, los datos, el software, la nube, la ciberseguridad, los semiconductores y los sistemas autónomos. “La dependencia europea en algunos de estos ámbitos genera una preocupación creciente y sitúa la soberanía tecnológica entre las prioridades estratégicas del continente”, recalca Jorge Sainz.
Muchas de las innovaciones más relevantes en sector de la seguridad y defensa surgen actualmente en mercados civiles y posteriormente encuentran aplicaciones en defensa. Esta convergencia tecnológica resulta especialmente visible en ámbitos como los drones, la ciberseguridad, el espacio, los sistemas digitales avanzados y las plataformas que integran hardware y software de forma cada vez más estrecha.
Por ese motivo, la incorporación de startups y empresas tecnológicas al ecosistema de defensa gana importancia como vía para acelerar la innovación y elevar la competitividad. “El sector también está mejorando su atractivo como empleador gracias a la participación en proyectos tecnológicos avanzados y al crecimiento previsto de la actividad”, añade Jorge Sainz.
Al mismo tiempo, se percibe un cambio cultural respecto al papel de la defensa. La relación entre seguridad, prosperidad económica, innovación tecnológica y estabilidad institucional adquiere una mayor visibilidad en el debate público, favoreciendo una comprensión más amplia de la contribución que realiza esta industria al conjunto de la economía.
España dispone de una oportunidad histórica para reforzar su posición dentro de la industria europea de defensa. “Aprovecharla requerirá abordar varios desafíos de forma simultánea y garantizar que el incremento del gasto se traduzca en innovación, reindustrialización y crecimiento económico sostenible”, concluye el experto de KPMG.
Deja un comentario