9. Los datos, la materia prima del siglo XXI

El oro, la seda, el carbón o el petróleo moldearon el mundo, crearon imperios y declararon terribles guerras. La materia prima de este nuevo siglo no es difícil de encontrar, sino todo lo contrario: es infinita. Igual que la piedra filosofal era capaz de convertir cualquier metal en oro, curar enfermedades o devolvernos la juventud, el Big Data y la Inteligencia Artificial se presentan como el binomio que cambiará los modelos de negocio, el concepto de privacidad y el orden mundial en la próxima década.     

 

Antes nos preguntábamos: ¿dónde estabas el 11S, o cuando España ganó el Mundial de Sudáfrica? Ahora no haría falta recordarlo. Todo está registrado. Lo mismo que mientras lees este artículo alguien lo está leyendo contigo y grabando cada movimiento del cursor, detectando y juzgando tu destreza lectora, localizando tus coordenadas y anticipando los próximos pasos de tu tarjeta de crédito. Datos cuyo aprovechamiento permite el sostenimiento de servicios o alcanzar logros sociales, como una mayor eficiencia de los servicios públicos o los avances en medicina.

Aunque hayan aparecido compañías que ofrecen dinero a cambio de datos, la monetización de nuestros datos personales no es la solución que veremos crecer en la próxima década. El resultado de ceder nuestros datos va a ser eminentemente social. “Igual que los datos ahora mismo son la moneda de cambio para recibir servicios, en el futuro inmediato nos van a permitir recibir una serie de beneficios adicionales a los que no tendríamos acceso si no los compartiéramos”, sostiene Bartolomé Martín, director responsable del Derecho de Nuevas Tecnologías y de Propiedad Intelectual e Industrial de KPMG Abogados.

La premisa es: yo cedo mis datos, pero controlo para qué fines y lo hago de una forma explícita sabiendo que con ello contribuyo al bien común. Según Javier Aznar, director del área de IT Advisory y Ciberseguridad de KPMG, “el auge del tratamiento de datos personales trae consigo la figura de los data brokers. Desde nuestra perspectiva, comerciar con la privacidad no es un buen negocio. Por muchas ventajas o regalos a los que puedan acceder los consumidores, en la gran mayoría de los casos dichos premios no se corresponden con el peaje a pagar por nuestros datos”.

Frente a ese “falso empoderamiento”, como lo denomina Javier Aznar, “la mejor garantía es que seas tú mismo tu data broker ejerciendo tu derecho a la información y tu consentimiento en servicios que ofrezcan una proporcionalidad y una transparencia adecuadas a la utilización de dichos datos personales”. En una palabra, convertirnos en ciudadanos conscientes de la titularidad de nuestros datos.

Ceder los datos a través de las cookies para obtener determinados servicios gratuitos como, por ejemplo, leer la prensa digital o visionar un vídeo, representa el equivalente a 40 euros al mes por hogar. Es lo que tendríamos que pagar por esos servicios si no aceptáramos el rastreo de nuestros dispositivos. Un cálculo que ofrece la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) en su Guía sobre el uso de las cookies.

Los datos son ahora la moneda de cambio para recibir servicios; en el futuro inmediato nos van a permitir recibir beneficios adicionales a los que no tendríamos acceso
Bartolomé Martín, director responsable del Derecho de Nuevas Tecnologías y de Propiedad Intelectual e Industrial de KPMG Abogados.

En Europa estamos aplicando desde 2018 el Reglamento General de Protección de Datos. ¿Necesitará pronto una actualización? “El RGPD establece un marco, pero no entra en el detalle y permite a las organizaciones evolucionar en función de los avances tecnológicos”, explica Ana López Carrascal, directora de Regulatorio, Administrativo y Competencia de KPMG Abogados. La base del RGPD es que el propietario de los datos es el titular y que cualquier tratamiento necesita descansar en una base legítima o legitimadora.

“La norma siempre va después de la realidad, es una máxima en derecho”, subraya. “Pero las autoridades suelen ir lanzando guías, señales, antes de la norma. Dentro de la incertidumbre regulatoria, recurrimos a estas autoridades -entidades reguladoras, tribunales administrativos o agencias de protección de datos- que van ayudando a la interpretación”. Es decir, no podemos esperar que haya una ley cada vez que surge una nueva tecnología. “Los reguladores irán aprendiendo y reaccionado. Nos dirigimos a un escenario donde las autoridades no solo son un mero supervisor, sino que cumplirán una función pedagógica con las empresas y los ciudadanos”, explica Bartolomé Martín.

Por muchas ventajas o regalos a los que puedan acceder los consumidores, en muchos casos dichos premios no se corresponden con el peaje a pagar por nuestros datos
Javier Aznar, director del área de IT Advisory y Ciberseguridad de KPMG en España

Los eurobarómetros muestran sistemáticamente la preocupación de los ciudadanos de la UE por la protección de sus datos. De ahí que el legislador y el regulador recojan ese testigo y hayan actuado en consecuencia, con el desarrollo de una extensa normativa. “Nuestra regulación está a años luz de la de China o EEUU. Eso condiciona los modelos de negocio y la explotación de la tecnología, ya que en Europa hay que cumplir una regulación exigente”, asegura Ana López.

En este sentido, la experta apunta a la posibilidad de que la regulación europea pueda suponer un freno en la evolución tecnológica, frente a otros países con una normativa menos exigente como China y Estados Unidos. “Mientras que Europa se centra en garantizar la privacidad y seguridad de los datos, en China ya trabajan en las redes 6G”, afirma.

Una alternativa a esta carrera unilateral por la Inteligencia Artificial y el Big Data, que se asemeja a la carrera espacial por llegar el primero a la Luna, está en trabajar desde los organismos internacionales. Como el intento de la Organización Mundial del Comercio de crear un estándar de flujos de información mundial, tanto de datos personales como no personales. “Paradójicamente, en un mundo global nos regimos por sistemas regulatorios locales”, subraya.

El valor del dato no es en sí mismo, sino en su capacidad de ser agregado. Los millones de datos que generamos a diario con nuestra actividad solo tienen sentido si se cruzan y estructuran. Y en la próxima década no habrá otra salida que compartir esa información y permitir que los bancos de datos hagan patrones y establezcan predicciones. De una forma segura y sin que nadie tenga que saber tu identidad, aunque con garantías.

Se calcula que los 7,2 millones de data centers en 2021 tendrán almacenados 1.327 exabytes de información. La evolución de los datos es infinita. “No todos se estructuran y aprovechan porque aún no disponemos la capacidad. Pero las máquinas, aprendiendo, lo harán pronto por nosotros. Y será uno de los pilares de las smart cities”, apunta Javier Aznar.

“Cuanta más información anónima se tiene sobre lo que haces, más fácil es saber quién eres”, advierte Bartolomé Martín. Si estás midiendo tu movilidad entre la casa y el trabajo, el medio de transporte, el destino, puedo llegar a saber si tienes un problema físico porque dejar de usar la bicicleta o si tienes familia porque te detienes en un colegio. “Empiezas a sumar y llegas a saber quién es esa persona”, añade.

Generar economías de escala será cada vez más difícil. Otra manera de poder crecer será la especialización y la aportación de valor que se desarrollará gracias al análisis de datos
Ana López Carrascal, directora de Regulatorio, Administrativo y Competencia de KPMG Abogados

Anonimizar datos no es tan fácil. Hay sectores donde de hecho es prácticamente imposible alcanzar esa anonimización, como es el caso de los datos clínicos. “Al final hay limitaciones que protegen la privacidad, pero debemos tener un sistema lo suficientemente flexible y con altura de miras que nos permita beneficiarnos a todos. Todos hemos cedido parte de nuestra privacidad a cambio de seguridad, esto no es nuevo. El Estado sabe quién eres, tu número de DNI, cuántos hijos tienes, tu declaración de la renta, la seguridad social. El problema es que los datos quedan bajo el control de empresas privadas, de ahí viene el miedo”, señala Bartolomé Martín.

Alphabet, Twitter, Huawei, Facebook, Netflix, Apple, Amazon, Samsung, Alibaba… ¿Hay alguna excepción al dominio asiático y estadounidense entre las grandes plataformas tecnológicas y de ocio? Sí, se llama Spotify y tiene sus oficinas en Estocolmo.

La compañía creada en 2006 por Daniel Ek y Martin Lorentzon va a crear sus propios premios anuales, similares a los Grammy o los Billboard. Pero la selección de los nuevos Oscars de la música no la hará un jurado ni el voto de los usuarios. Serán producto del Big Data. No en vano Spotify ha hecho gala de su capacidad para conocer a sus 250 millones de usuarios, la mitad de ellos del servicio de pago. En Spotify no solo controlan nuestros gustos musicales, sino que pueden dibujar un retrato robot de nuestra personalidad: estado de ánimo, carácter, cultura, hábitos o sociabilidad.

La relevancia del Data en Spotify se manifiesta en su política de adquisiciones. Se ha reforzado comprando Seed Scientific, experta en Big Data, o Niland, especializada en inteligencia musical artificial. Al ser la música el lenguaje más universal, en la disputa por la banda sonora de nuestras vidas hay mucho en juego. Y una firma europea lleva, de momento, la voz cantante.

En la próxima década veremos cómo los bancos empezarán a aportar valor a sus clientes por el uso de los datos y no tanto por los servicios tradicionales. La información agregada tendrá más valor que un tipo de interés. ¿Me puedo negar a que mi banco o prestador de servicios use toda esa información? “Si no quieres que una compañía trate tus datos, quizá opte por no ofrecerte sus servicios”, apunta Ana López. “En los modelos de negocio donde nos moveremos, generar economías de escala será cada vez más difícil. Por tanto, la otra manera de poder crecer será la especialización y la aportación de valor, la parte cualitativa, que se desarrollará gracias al análisis de datos”, añade.

Por su parte, Bartolomé Martín apuesta por que los bancos de datos serán esenciales en el modelo económico que se dibujará a partir de 2020. La IA ya permite que un cerebro no humano pueda aprender sin reglas. Sin embargo, para ello necesita volúmenes masivos de datos. En cuanto se los facilitemos, el desarrollo será exponencial. “Se han producido más datos este año que el resto de la historia de la humanidad”, asegura.

“Los datos son muy codiciados. Las empresas que viven de su análisis son las que más han crecido en los últimos años, ya que los datos permiten a las empreso porque sean dueñas de los data centers sino porque son dueñas de los datos: ese es el verdadero poder”, observa Javier Aznar.

En esta línea, Ana López Carrascal aporta dos ejemplos del cambio en los modelos de negocio. Una concesionaria de una autopista de peaje podrá optar por nas globalizarse, no solo a nivel territorial sino a nivel de servicios. Por ello, cada vez será más común ver empresas tecnológicas adentrarse en el sector financiero o de consumo, no cobrar a los usuarios, ya que el beneficio económico lo obtendrá de la recogida y tratamiento de datos de los datos de los vehículos que pasan por la carretera. Y una constructora que apuesta por el negocio de alquiler de motos porque le interesa la información sobre movilidad para decidir sus promociones. ¿Lo veremos en esta segunda década?

En las obras de arte, los derechos de la propiedad intelectual se prolongan 70 años tras la muerte del autor. ¿Podría ser la solución para los derechos sobre nuestros datos?  “El concepto de compensación equitativa podría ser saludable para tratar esta situación. El concepto se podría tratar de adaptar de la normativa de propiedad intelectual a la de protección de datos”, explica Bartolomé Martín.

Un ejemplo es el caso de los datos rastreados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), gracias a un acuerdo con las operadoras telefónicas, para mejorar en el futuro las redes de transporte público o la calidad del aire es un caso claro. “Usted va a participar, no le voy a pedir permiso porque eso va a retrasar la evolución y la mejora de la vida de todos y porque voy a garantizar la seguridad de sus datos, pero quizá tenga derecho a una compensación equitativa por esa aportación, adicional al beneficio general y agregado que recibiremos todos. Lo que tiene poco sentido es que, teniendo la capacidad de utilizar toda esa información, no aprovechemos esa oportunidad, porque va en detrimento de todos”, sostiene Bartolomé Martín.

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