Imagine que la pantalla de su teléfono móvil fuera incapaz de reproducir el color rojo, mostrando solo imágenes en una escala de grises apagada. O que su coche eléctrico necesitara un motor 10 veces más grande para subir una pendiente. Estas limitaciones no forman parte de nuestra realidad, porque la tecnología actual descansa sobre un conjunto de elementos químicos con propiedades excepcionales: las tierras raras. Estos materiales funcionan como un sistema nervioso en los dispositivos electrónicos, otorgando capacidades extraordinarias a los objetos cotidianos y transformándolos desde el interior.
Gracias a la integración de estos elementos metálicos, el mundo ha experimentado una evolución silenciosa. Las neveras de nuestras casas ya no emiten el fuerte estruendo de antaño, ya que sus motores se han miniaturizado gracias a las propiedades magnéticas de estos elementos. Esta capacidad de compactación reside en imanes 100 veces más potentes que los convencionales, capaces de dotar de una fuerza descomunal a la tecnología sin aumentar su volumen físico.
Su impacto es tan ubicuo que se extiende desde la fidelidad de la música electrónica y la luz fría de los LED, un avance que otorgó el Premio Nobel a tres investigadores japoneses en 2014, hasta el desarrollo de los semiconductores avanzados que dan vida a los ordenadores, dispositivos móviles y a los sistemas de inteligencia artificial (IA). De ahí que estos elementos se consideren críticos, pues son de gran relevancia para la economía moderna y todo el tejido empresarial. Además, son un elemento de disputa en el nuevo equilibrio geopolítico, de ahí su importancia en la gobernanza y en el tablero de los negocios.
“La calidad y robustez de la confianza en las organizaciones también se construye al poner foco en aspectos que no tienen tanta notoriedad, pero son claves para muchas actividades empresariales. La minería de tierras raras es un claro ejemplo, con un creciente protagonismo en la geopolítica y que conviene que esté en el radar de muchos de los órganos de gobierno”, dice David Hernanz, socio responsable de Auditoría y del Audit Committee Institute de KPMG.
Las tierras raras son un grupo de 17 elementos químicos metálicos de la tabla periódica. Este conjunto integra los 15 lantánidos junto con el escandio y el itrio. Dichos materiales comparten propiedades químicas y físicas muy similares, especialmente en su comportamiento magnético, óptico (luminiscencia) y electrónico (conductividad y estabilidad térmica), lo que los hace esenciales para una amplia gama de aplicaciones tecnológicas avanzadas en electrónica, energía renovable, transporte, medicina y defensa.
“Aunque su presencia en los productos finales suele ser reducida en términos de peso, su papel es crítico, ya que en muchos casos resultan insustituibles para el correcto funcionamiento de dispositivos y sistemas clave en la economía moderna”, afirma Eduardo González, socio responsable de Energía y Recursos Naturales de KPMG en España.
Por lo tanto, son esenciales para la industria en nuestra sociedad de alta tecnología, ya que en muchos casos son insustituibles para el correcto funcionamiento de dispositivos y sistemas clave en la economía moderna. Entre los usos concretos destacan los imanes de neodimio, praseodimio y disprosio para motores, el europio e itrio para pantallas LED, el cerio para catalizadores o el lantano para baterías y aplicaciones ópticas. Como ejemplo, un hito que cambió nuestra historia fue el descubrimiento del europio, que permitió que los televisores abandonaran el blanco y negro para inundar los salones de colores vibrantes.
El nombre de este grupo de metales proviene del siglo XVIII. En aquel entonces, se denominaba “tierras” (terres en francés) a un grupo de sustancias compuestas cuyos metales no podían separarse por entonces de sus óxidos por reducción al fuego con carbón, ha explicado Ricardo Prego, profesor de investigación del CSIC, durante su intervención en una sesión ACI Smart Talks de KPMG, celebrada en Madrid.
“Se denominaron tierras ‘raras’ porque inicialmente eran escasos los minerales que las contenían y todos ellos estaban en Escandinavia, pero la realidad científica es distinta. Algunos de estos elementos, como el cerio o el lantano, se encuentran con mayor frecuencia en la corteza terrestre que metales industriales como el cobre o el plomo”, ha resaltado el experto científico.
Su extracción es una odisea técnica. Se encuentran mezclados en los minerales y, con frecuencia, aparecen junto a materiales radiactivos como el torio o el uranio. Esto convierte su procesamiento y su refinado en tareas complejas, intensivas en energía y con impactos ambientales significativos.

La producción mundial de tierras raras se caracteriza por una elevadísima concentración geográfica. China domina claramente el sector con aproximadamente dos tercios de la producción minera global. Sin embargo, su control es aún más significativo en las etapas de separación y refinado, donde maneja entre el 85% y el 90% de la capacidad mundial, según las cifras de la Agencia Internacional de la Energía (AIE).
Esta hegemonía china no es casualidad. Eduardo González señala que es el fruto de una estrategia industrial sostenida durante décadas, basada en inversiones públicas, economías de escala y una regulación ambiental históricamente más laxa. Aunque existen otros productores como Australia, Estados Unidos, Myanmar y Rusia, ninguno de ellos posee todavía una cadena de valor tan integrada. Ante esta situación, Estados Unidos ha iniciado una reactivación de yacimientos como el de Mountain Pass en California, inyectando capital para asegurar que todo el ciclo productivo se desarrolle en suelo propio.
En Europa, el 98% de la demanda total de imanes de tierras raras se cubre con importaciones chinas, según la Comisión Europea.
La arquitectura de nuestra civilización de alta tecnología descansa sobre este sistema invisible. La elevada dependencia de un número reducido de países proveedores convierte las tierras raras en un factor de riesgo geopolítico comparable, en términos estratégicos, al del petróleo en el siglo XX. Su relevancia es central en tres grandes transformaciones:
Europa y España se encuentran en una situación de vulnerabilidad crítica, con una dependencia casi absoluta de China. Actualmente, el continente europeo apenas recicla el 1% de las tierras raras que consume. Para revertir esto, la Unión Europea ha fijado metas para 2030: elevar el reciclaje al 25%, asegurar que el 10% del consumo provenga de minas propias y procesar el 40% del material en suelo europeo.
España posee un potencial geológico notable que podría ser clave. Aunque los proyectos enfrentan desafíos administrativos y sociales (el tiempo entre descubrimiento y explotación puede ser de 10 a 15 años), el país alberga reservas estratégicas:
La soberanía del futuro ya no se mide solo en kilómetros cuadrados de territorio. Se define por la capacidad de procesar estos elementos que determinan quién liderará la carrera tecnológica. La reactivación de proyectos mineros y la economía circular son las únicas vías para evitar que la industria quede paralizada ante posibles restricciones internacionales.
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