

Durante décadas, el modelo antifraude del sector asegurador operó sobre una premisa que resultó razonable: el fraude se manifestaba en el siniestro y era en la tramitación del siniestro donde debía detectarse. Esa lógica produjo inversiones consistentes en peritos, tramitadores especializados y sistemas de reglas en liquidación que han mejorado la eficiencia de forma sostenida.
Ese retorno está respaldado por los datos de ICEA (Investigación Cooperativa entre Entidades Aseguradoras y Fondos de Pensiones) de 2024, último informe disponible: cada euro invertido en investigación del fraude evita de media 68 euros de pagos indemnizatorios fraudulentos, con un gasto medio de investigación de 43 euros por caso.
A pesar de estos datos, la pregunta que define la coyuntura actual es otra: ¿seguirá siendo suficiente un modelo que detecta el fraude donde se reclama, en un entorno donde el fraude ha cambiado de punto de entrada y empieza a construirse antes de que exista la reclamación?
Según el XIII Mapa AXA del Fraude en España, publicado en abril de 2026, nos encontramos con un sistema que funciona y que ha sabido incorporar la tecnología como palanca de eficiencia:
Ese 36% merece una lectura más detenida: es detección apoyada en medios digitales, pero desplegada mayoritariamente sobre el siniestro ya declarado, es decir, aguas abajo del ciclo. El modelo, en sus propios términos, ha alcanzado un grado notable de madurez en ese perímetro.
El desafío aparece cuando el defraudador opera aguas arriba, en la contratación y en la relación digital con el cliente, apoyándose en los mismos canales que la aseguradora usa para ganar eficiencia.
Lo que los datos empiezan a revelar es que el punto de entrada del fraude se ha adelantado. El fraude premeditado, aquel que implica planificación deliberada previa al siniestro, alcanzó en 2025 el 46,3% del total de casos detectados, el nivel más alto en ocho años, con un importe medio por caso de 3.700 euros según el XIII Mapa AXA.
No todo ese fraude premeditado es ciberfraude, ya que la planificación por sí sola no implica un vector digital. Desde una lectura analítica más amplia, y sin atribuir esta casuística concreta al Mapa AXA, parte de esa planificación puede apoyarse en vectores como identidades sintéticas construidas con documentación generada mediante IA, credenciales robadas o compradas para tomar el control de cuentas de autoservicio y suplantaciones que explotan el mismo canal digital diseñado para agilizar la contratación.
Cuando la planificación se apoya en esos vectores, el fraude deja de ser una variante del de siempre y se convierte, en la práctica, en un ciberfraude: se construye antes de que llegue la reclamación, en fases del ciclo digital donde el modelo tradicional no acostumbra a tener controles activos.
El perímetro donde se origina el fraude se ha adelantado; el perímetro donde opera la gestión antifraude, en la mayoría de los casos, no. Y esa brecha tiene una consecuencia organizativa concreta que pocas aseguradoras han abordado de forma explícita.
Adaptar la gestión antifraude a ese perímetro ampliado exige cuestionar una estructura organizativa que el sector ha dado por supuesta durante décadas.
La gestión de siniestros se ha venido articulando por líneas de negocio, con equipos diferenciados para automóviles, salud, hogar y vida, una lógica que tiene coherencia actuarial porque las dinámicas de fraude varían entre segmentos: automóviles concentra el 56% de los casos, multirriesgos el 29% y el resto de las líneas el 15% restante, según el XIII Mapa AXA.
Sin embargo, esa misma estructura genera un punto ciego que la digitalización ha hecho progresivamente más costoso.
Los vectores de ciberfraude emergentes no atacan líneas de negocio, atacan procesos transversales: el alta de nuevos clientes, la gestión de identidad digital, los canales de autoservicio y la gestión documental son procesos compartidos por todas las líneas que en muchas organizaciones no tienen un propietario antifraude claro.
Cada equipo puede estar observando el mismo proceso de onboarding desde su ángulo parcial, sin visión agregada y sin capacidad de detectar patrones que solo son visibles de forma transversal.
A esto se añade que los vectores más recientes (robo de identidad en la contratación, Account Takeover en portales de cliente, manipulación de datos del tomador, falsificación documental mediante IA generativa) no suelen materializarse en el momento de la reclamación, sino en fases anteriores del ciclo de relación con el cliente donde los controles antifraude no acostumbran a estar desplegados.
El ramo de Vida ilustra ese desplazamiento: registró en 2025 intentos de fraude por casi 9 millones de euros, nivel sin precedentes en la serie histórica, con coberturas de fallecimiento, invalidez y dependencia como principales ámbitos de explotación, tipologías que requieren capacidades de verificación que el modelo centrado en la tramitación del siniestro no estaba diseñado para cubrir.
Cuando el tramitador o el perito interviene, el vector de entrada ya ha sido explotado. Y esa constatación organizativa se vuelve más urgente todavía cuando se cruza con otro cambio que la ha desbordado: el propio material con el que se fabrica el fraude ha mutado.
Durante años, la falsificación documental en el sector asegurador tuvo un techo marcado por la habilidad manual del defraudador: partes amañados, facturas alteradas, fotografías de daños preexistentes reutilizadas entre siniestros. Ese techo ha desaparecido.
Según el 2026 Anti-Fraud Technology Benchmarking Report de la Association of Certified Fraud Examiners (ACFE) y SAS, todas las modalidades de fraude potenciado por IA han crecido en los últimos dos años: la ingeniería social basada en deepfakes registra el mayor repunte, con un 77% de las organizaciones encuestadas reportando un incremento entre leve y significativo, seguida muy de cerca por la falsificación documental generada con IA generativa y las estafas al consumidor, ambas en el entorno del 75%. Es este dato, y no la mera planificación del fraude, el que conecta de forma directa el fraude asegurador con el terreno de la ciberseguridad.
La diferencia no es de grado, es de naturaleza. Generar una imagen de daños creíble, un justificante médico verosímil o una identidad sintética completa ya no exige conocimiento técnico ni tiempo de elaboración: basta una instrucción en lenguaje natural sobre una herramienta de acceso público.
Eso significa que la barrera de entrada al fraude sofisticado, que durante años actuó como filtro natural (solo lo intentaban quienes tenían la habilidad para lograrlo de forma convincente), se ha reducido drásticamente. El perito o el tramitador que hoy evalúa una prueba fotográfica o documental ya no puede asumir que su origen es auténtico por el simple hecho de que parezca serlo.
Esta mutación desplaza el problema del terreno pericial al terreno de la integridad del dato desde su origen: la pregunta relevante deja de ser si el documento es coherente con el siniestro declarado, y pasa a ser si el documento fue generado por el hecho que dice representar o por un modelo entrenado para simularlo de forma indistinguible.
Adaptar el modelo antifraude a esa pregunta es, en sentido estricto, un problema de ciberseguridad: verificación de origen, integridad de la cadena de custodia digital y detección de contenido sintético, no de investigación forense tradicional.
Nada de esto implica que el modelo antifraude tradicional haya dejado de funcionar. Los resultados demuestran lo contrario. Lo que está mutando es el lugar donde nace una parte del fraude más sofisticado.
Y cuando el origen del problema se desplaza desde el siniestro hacia la identidad, la contratación o la documentación digital, las capacidades para controlarlo también empiezan a ser distintas.
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