A medida que la inteligencia artificial (IA) gana peso en la operativa empresarial, la función de compliance empieza a redibujar sus límites. La incorporación de esta tecnología en las tareas de cumplimiento normativo ya no se limita a automatizar tareas. Hoy, entre los profesionales está impulsando una forma distinta de realizar sus labores: más ágil, más predictiva e integrada en el negocio.
El responsable de compliance gana capacidad para detectar riesgos en tiempo real, mejorar la calidad de sus decisiones y reforzar la cultura ética en la organización. De igual forma, asume un pilar clave en la gobernanza de la propia IA. ¿El resultado? Una función más rica, que combina criterio jurídico, tecnología y visión transversal para acompañar el crecimiento de las compañías en entornos cada vez más regulados.
“La función de compliance debería liderar la alfabetización sobre IA de la organización, de modo que se pueda desarrollar una estrategia tanto legal como ética de su creación o empleo”, resalta Alain Casanovas, socio responsable de Compliance de KPMG en España.
El potencial de la IA en compliance se traduce en eficiencia y anticipación. Por ejemplo, las herramientas disponibles permiten vigilar riesgos de forma continua, analizar grandes volúmenes de información —incluidos procesos de due diligence de terceros—, detectar patrones de conducta y mejorar tanto el reporting como la toma de decisiones internas.
De igual manera, dicha tecnología abre la puerta a que los expertos cuenten con contenidos formativos más precisos y adaptados a cada perfil, lo que eleva el nivel de concienciación en toda la organización.
Ese salto de innovación, sin embargo, exige un rediseño del perfil profesional. El compliance officer no solo debe entender cómo funcionan estas soluciones, sino también bajo qué normas deben operar. Es decir, que algunos conocimientos en inteligencia artificial, regulación digital, ética y gobernanza tecnológica pasan a ser parte del núcleo de la función.
No se trata de convertirse en técnico, sino de adquirir criterio para supervisar el uso responsable de la tecnología y evitar que los modelos de control queden desfasados.
La capacidad de adelantarse a los cambios normativos se consolida como una de las principales ventajas en el papel del encargado de compliance. En el ámbito de la inteligencia artificial, donde la regulación cambia con rapidez y de forma desigual según la geografía, mantenerse actualizado es clave.
Aquí, el compliance officer asume un papel pedagógico dentro de la organización: su tarea consiste en explicar qué implica la IA, qué riesgos conlleva y cómo debe utilizarse para que sea una palanca de progreso.
Es por ello por lo que la formación deja de ser un complemento y pasa a ser una herramienta estructural. “La participación en foros de conocimiento y la colaboración interdisciplinar son ayudas relevantes para que el compliance officer se mantenga actualizado y alerta de novedades, así como de su eventual impacto”, resalta Alain Casanovas.
Asimismo, la vigilancia debe intensificarse. El uso de IA puede derivar en incumplimientos legales o desviaciones éticas si no se gestiona adecuadamente. Por eso, la participación en foros especializados, la unión con otras áreas (tecnología, legal y riesgos) y el seguimiento constante de la normativa permiten al responsable de compliance no solo reaccionar, sino adelantarse a las disrupciones y preparar a la organización.
La supervisión de sistemas de IA obliga a ampliar el perímetro tradicional del compliance. La identificación y evaluación de riesgos asociados a su desarrollo y uso son el punto de partida. A partir de ahí, se refuerzan los controles para asegurar que la tecnología se utiliza dentro del marco legal y los principios éticos que definen a la organización.
La IA no opera en un vacío normativo: impacta directamente en ámbitos como la protección de datos, la propiedad intelectual o incluso la garantía de derechos fundamentales como los reconocidos por la Carta Europea, especialmente en contextos sensibles. Esto impulsa modelos de supervisión más transversales, donde distintas disciplinas convergen en un mismo esquema de control.
Estándares internacionales como ISO 37301:2021 contribuyen a estructurar marcos de cumplimiento integrados, capaces de abordar la complejidad que introduce la inteligencia artificial sin perder coherencia.
“La incorporación de inteligencia artificial no solo transforma los procesos de negocio, sino también los propios modelos de control interno. Las organizaciones deben evolucionar sus mecanismos de supervisión y auditoría para garantizar la trazabilidad de las decisiones, la fiabilidad de la información y una cobertura real de los riesgos en entornos cada vez más automatizados”, indica Rafael Tejedor, socio responsable de Governance, Risk and Compliance de KPMG en España.
El Reglamento europeo de Inteligencia Artificial introduce un enfoque novedoso basado en el nivel de riesgo y en el papel que desempeña cada organización en la cadena de valor. Esta arquitectura obliga a un ejercicio de interpretación constante, tanto de la norma como de su aplicación por parte de las autoridades.
Para la función de compliance, supone un reto operativo: gestionar obligaciones diferenciadas, coordinar equipos y adaptar controles en función del tipo de sistema de IA. “Su correcta aplicación precisa no solo seguir los cambios normativos asociados con ese bloque regulatorio, sino también su interpretación por parte de las autoridades tanto europeas como nacionales”, comenta Alain Casanovas.
El esfuerzo tiene retorno. Las organizaciones que integran el cumplimiento de forma rigurosa proyectan una imagen de confianza y responsabilidad que valoran inversores, clientes y reguladores. La gestión sólida de la IA no solo reduce riesgos, sino que refuerza la reputación, impulsa la competitividad y facilita la atracción de talento en un mercado cada vez más exigente.
La adopción de herramientas de inteligencia artificial en compliance avanza con intensidad, aunque no de manera homogénea. Las grandes corporaciones, especialmente en el ámbito tecnológico, ya han incorporado equipos y estructuras dedicadas a la supervisión de la IA desde una perspectiva legal y ética.
En otros sectores y en las pequeñas y medianas empresas (pymes), la responsabilidad recae en funciones ya existentes, que amplían su alcance para cubrir este nuevo frente. Esto implica una evolución gradual del rol del compliance officer, que asume más responsabilidades y necesita reforzar sus capacidades técnicas.
El proceso está en marcha. Si bien no todas las organizaciones avanzan al mismo ritmo, la dirección es clara: la integración de la inteligencia artificial en compliance será un factor diferencial para aquellas compañías que quieran posicionarse como referentes en gobierno corporativo. “Obviamente, se precisa tiempo y otros recursos, que apuntalarán a las organizaciones líderes del siglo XXI”, remarca Alain Casanovas.
La aparición de sistemas de IA con mayor autonomía, capaces de ejecutar tareas o tomar decisiones sin intervención directa, marca un punto de inflexión. El modelo clásico de supervisión, basado en revisiones posteriores, pierde eficacia frente a dinámicas donde las decisiones se producen en tiempo real.
“La IA permite avanzar hacia modelos de gestión de riesgos más dinámicos, capaces de anticipar eventos y priorizar de forma más eficiente. En este contexto, la función de auditoría interna cobra un papel clave como elemento de aseguramiento independiente, reforzando la confianza en que los modelos funcionan y los riesgos están adecuadamente cubiertos”, añade Rafael Tejedor.
El compliance transita hacia esquemas de control continuos, apoyados en la monitorización permanente y en la intervención humana como garantía última. La trazabilidad de las decisiones cobra protagonismo: saber cómo y por qué actúa un sistema resulta esencial para garantizar su fiabilidad.
Esto exige nuevas capacidades, como la auditoría algorítmica o la evaluación de modelos complejos. “En este contexto, la función de compliance debe reforzar su papel, colaborando estrechamente con áreas tecnológicas, de negocio y de riesgos, y desarrollando capacidades para entender y supervisar arquitecturas de IA de manera continua”, concluye Alain Casanovas.
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